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06/03/2019
¡A las naciones no las envejecen los años sino la falta de imaginación!

Por Ignacio García-Arango y Avelino Acero

El pasado día 26 se celebró en Madrid, un desayuno informativo con los presidentes del Principado de Asturias, de la Xunta de Galicia, y de la Junta de Castilla y León. Trataron del ‘Corredor Atlántico: la hora del noroeste de España’.

 

Escenificaron la unidad de los tres en la acción común y propusieron extenderla al norte de Portugal. Idea magnífica que debería plasmarse primero con Cantabria.

 

También hablaron de equilibrar al este y al oeste de España, que está discriminado. Por ello, reclamaron eliminar el favoritismo en las inversiones hacia el Corredor Mediterráneo, pues así la España atlántica podrá competir en el ámbito de las mercancías que se mueven en el modo marítimo global y que después se distribuyen terrestremente. Por eso hicieron mención al asunto ferroviario y a otras infraestructuras. No hablaron de gestión.

 

Pidieron nuevas obras y las cuantificaron, por lo que recordaron los nuevos fondos europeos.

No hicieron especial hincapié en el estado de las infraestructuras en marcha, que ya están financiadas con fondos españoles, por lo cual los procedentes de Europa se podrían dedicar a otras cosas: por ejemplo a la terminación del acceso a Cantabria, al inicio de un corredor costero de Bilbao a Galicia, a los accesos a los puertos u otras infraestructuras.

 

Sorprendió que no entrasen en la actividad de aquellas obras cuya terminación está muy próxima. O va muy bien, y no se considero oportuno resaltarlo o no se están siguiendo. Esto sería lo peor, pues en esa tarea está uno de los éxitos de los que luchan por el Mediterraneo. El Ministerio de Fomento tendría un gran éxito si explica convincentemente su trabajo, de cuya dificultad todos somos conscientes.

 

Hablaron también de la desertización, reclamando la acción del Gobierno sin entrar en más análisis y propuestas. Asimismo, de la necesidad de una transición energética justa; tampoco entraron en el futuro de la energía. Asimismo, se mencionó la necesidad de otro sistema de compensación interterritorial, que tenga en cuenta el envejecimiento y la dispersión de la población.

 

Bien está pedir, pero no se trata solo de pedir y esperar, sino de actuar todos y caminar unidos, pues nadie resolverá nuestros problemas. Para ello debemos tener una estrategia y tomar las medidas necesarias para llegar, lo que exige crear una nueva estructura territorial racional y, sobre todo, conseguir una economía que funcione, lo que solo se alcanzará si apostamos por todo con visión global, sin perdernos en asuntos puntuales y sin extraviarnos en egoísmos localistas. En ese contexto, las infraestructuras son solo un instrumento para un fin, no un fin.

 

La gran lección de los mediterráneos no es la de los beneficios obtenidos, sino el que sabían que las cosas no se consiguen pidiendo y explicando como se deben hacer, sino haciéndolas. Para ello, sabían que se necesitaban esfuerzo y medios, lo que dio lugar a un empeño en el que participa toda la sociedad civil, al que aplica la racionalidad desde la unidad y la concienciación social para comprometer a la voluntad política. Ello exige orden, rigor y cohesión territorial, así como emplear tiempo y personas para desarrollar el trabajo adecuado.

 

El llegar a la Nueva Frontera implica acciones que no vamos a desarrollar, por eso nos limitaremos a comentar los asuntos tratados por los presidentes:

 

primero es tener una concepcion del territorio y su entorno, pues el fin esencial del Corredor Atlantico es la construcción de una Europa integrada, que se fortalezca al atarla con su oeste. Por ello, la red marítima cantábrica es esencial, tanto para abrirnos al mundo, como para convertir a ese mar en un ‘mare nostrum’ que integre a las regiones del Arco Atlantico. Conocer su ubicación con respecto al mundo y cómo sacarle beneficio es el fundamento del ‘vuelco’ de España hacia el Levante, del que tanto nos quejamos. En el aspecto terrestre, el abordar los desequilibrios internos y corregirlos con cohesión, es fundamental, tanto a nivel global como de áreas metropolitanas, como para abordar nuestra realidad rural, pues para el buen futuro de ese mundo hay que promover centralidades mediante villas activas que tiren de sus espacios de influencia para así fijar allí población.

 

En cuanto a la mar, lo primero es coordinar nuestros puertos, ya que es irracional que en un tramo de costa de menos de 500 km compitan a muerte siete grandes puertos así como otros menores, todos absolutamente viciados por su localismo megalómano, que los condena al aislamiento funcional. La única salida es apostar por la competencia sinérgica: ello está en nuestra mano. Conseguido, podríamos tener una verdadera red, no clamar por autopistas del mar desconectadas. Disponemos de técnicas para ello e incluso de estudios muy desarrollados. Debemos aprender de los mediterráneos, que han conseguido ordenar los tráficos de sus puertos y planificar para gestionar las mercancías apoyados en las más modernas tecnologías.

 

Los intercambiadores logísticos no son tampoco nada sin una planificación del sistema y unos medios. Como la situación es homóloga, no vamos a añadir nada a lo dicho en el anterior párrafo.


En cuanto a la descarbonización, sabemos que el futuro de la energía está en sus nuevas fuentes, desde las renovables, hasta las del sol, el hidrógeno y la fusión nuclear. Sabemos desde hace cincuenta años que el carbón es a extinguir. Sabemos también que el ‘mix energético’ y la gestión del sistema hacen de nuestros precios los más caros de Europa, pero nos ha pillado el toro. En esta situación, solo cabe conseguir una transición energética debidamente modulada y, a la vez desarrollar las nuevas energías, valorando con nuestro criterio las posibilidades reales en las energías, solar, eólica, mareomotriz y la hidráulica, que aún tiene campo.


La desertización, no es un tema dialéctico, sino uno a abordar. Para ello, lo primero es organizar nuestro suelo y, después, dotarlo para que el campo sea soporte de actividades, no sólo agrícolas, y de su industria derivada, sino también las intangibles correspondientes a la revolución industrial que vivimos. Lo primero es hacer una reforma agraria para, como diría Jovellanos, eliminar de la tierra a las nuevas manos muertas y después ponerla en producción con explotaciones competitivas. Es decir, hacer una política agraria, que empiece por la gestión del suelo. Dada nuestra imparable y desastrosa tasa de natalidad, hay que traer inmigrantes para dar pueblo a la tierra libre. No hay que cortarse, pues el noroeste rural tiene densidades de población comparables al África Central. Eso sí, si otros vienen a ser españoles tienen que integrarse en nuestra cultura. En síntesis, que hay que hacer un campo ordenado y con medios, no anclado en el ‘arado romano’. Solo hace falta querer, pues, como dirían en aquel anuncio, a las naciones no las envejecen los años, sino la estupidez y la falta de imaginación. Una agricultura moderna requiere una industria agraria. Debemos vender y distribuir. Ello implica logística, publicidad, estructura, medios técnicos y, cubriendo a todo el territorio, una banda ancha de primera, que tenga capacidad suficiente para interrelacionarnos con todo el mundo. Se necesita también un soporte a la gestión que ayude al empresario agrícola a hacer sus tareas en todo el mundo. Ello exige modificar radicalmente el modelo administrativo para que el que emprende no tenga trabas constantes, sino facilidades razonables. Desde distintas instancias, animalistas, ecologistas, etc, y a veces desde ministerios y consejerias se está manteniendo una persecución a nuestra gente del campo que en poco tiempo acabará con todos. Milagroso es que con las políticas actuales todavía queden personas que se dediquen a actividades agrícolas y ganaderas.

 

Desde esos fundamentos, la tierra puede ser además dotada de otro pueblo distinto, pues nuestras naturaleza y forma de vida no sólo tienen un uso turístico, sino que son un factor esencial de localización para la industria innovadora. Para hacerlo, no hace falta un plan Marshall; no es un asunto de ríos de dinero, sino de inteligencia y de esfuerzo. Sintetizamos: Si tenemos una industria (del tipo que sea, pues las relacionadas con las tecnologías de la información, las biomedicas y las agrícolas son tan industrias como el carbón, el acero y la electricidad) propia e innovadora, avanzaremos. Si no, seremos un apéndice, siempre extirpable, de cualquier ignoto despacho perdido en el mundo.

 

Lo esencial para el noroeste es generar vida, Esta es una de las mejores regiones de Europa. Sanidad, cultura, universidades, historia, gastronomía y paisaje, en definitiva calidad de vida, la tenemos. Lo que pedimos es que se faciliten las condiciones para que las personas vengan a quedarse aquí. Y que los de aquí no se vayan.

 

El verdadero Corredor Atlantico es que la economía funcione, por eso debemos volvernos osados, alegres y optimistas.

 

El Corredor Atlantico es todo y somos todos.

 

¡¡QUEREMOS CORREDOR ATLÁNTICO!!

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