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29/02/2012
"Contrarreforma en el último congreso del PSOE", por José Luis Magro en El Comercio
  • Es la típica receta de unos galenos que llevan años viviendo de sus caras fórmulas magistrales

JOSÉ LUIS MAGRO | PROFESOR DE FILOSOFÍA

 

Siendo consciente del anacronismo que supone aplicar conceptos religiosos de los siglos XVI y XVII a un movimiento político-social del XX, me arriesgo, no obstante, a utilizarlos porque en ambos acontecimientos se solventa la misma realidad existencial: la libertad de la persona frente al monopolio político o religioso que acaparan los poderes constituidos.

La Reforma protestante del XVI fue una rebelión en toda regla de muchos cristianos alemanes contra un Papado y una Jerarquía que se atribuía el monopolio de la salvación. Cuando Lutero en su tesis 36 dice: «Cualquier cristiano verdaderamente arrepentido obtiene la remisión plenaria de pena y culpa que, aun sin cartas de gracia (sin bulas o indulgencias papales) se le debe», estaba socavando los pilares donde se apoyaba el dominio absoluto de la jerarquía eclesiástica sobre las conciencias y consiguientemente sobre todo el sistema político-económico que configuraba la sociedad de los siglos XVI y XVII.

La Contrarreforma es, como su nombre indica, un fenómeno reactivo que tiende a consolidar las creencias religiosas o el poder de los príncipes, socavado por los reformistas. Los movimientos religiosos, políticos o sindicales, en cuanto son asumidos por grandes sectores de la sociedad, se transforman en superestructuras de poder que tienden a perpetuarse a costa de los demás tejidos sanos del cuerpo social.

La reforma sólo es posible cuando va acompañada de rebelión o revolución y son las bases sus protagonistas. Todo lo demás es contrarreforma, o lo que es lo mismo: una reforma placebo para anestesiar los «quejíos» del pueblo y seguir mandando los registrados en el escalafón. Encalan los planteamientos ideológicos para calmar a las masas, pero es la misma pared pétrea y dura de los organigramas de los partidos la que permanece impávida tras la fascinante blancura de los aplausos y de las votaciones.

En su congreso de Sevilla, el PSOE se ha limitado (¡quién lo diría!) a encalar y no a derribar sus resquebrajados muros de la corrupción, la endogamia, el trasnochado anticlericalismo de unos pocos, sí, pero aplaudido y tolerado por otros muchos y sus más que discutibles planteamientos político-económicos. Si los sistemas de producción de los bienes materiales que el hombre necesita han cambiado radicalmente en relación con los que había a finales del XIX, ¿cómo es posible que el PSOE siga apoyando unos enunciados ideológicos surgidos del análisis de esos sistemas de producción ya periclitados a mediados del XX?

Y como un hecho vale más que mil palabras, basta con ver los nombres que acapararon los primeros puestos en las listas al Congreso y al Senado en las elecciones generales del 20-N, aquí en Asturias, para confirmar que el PSOE nos está vendiendo con la marca original de «reforma» lo que es una burda imitación. La marca que en realidad expenden se llama «contrarreforma».

Un Estado afincado en el sistema democrático, sólo puede regenerarse si los ciudadanos llegan a un grado tal de conocimiento crítico, que les da la fuerza suficiente como para echar del poder a los que han convertido al partido en un fin en sí mismo al poner a la sociedad y al Estado a su servicio.

Ni la revolución, ni la lucha de clases, ni la huelga general, ni mucho menos la satanización de los partidos con planteamientos ideológicos distintos, es la medicina apropiada para erradicar la crisis político-económica que padecemos los españoles. Es la típica receta de unos galenos que llevan años viviendo de sus caras fórmulas magistrales, pero que han demostrado su ineficacia para curar la grave enfermedad que padece la sociedad española.

El antídoto para tan eficaz veneno nos lo proporciona el ecosistema democrático con la infusión natural del «voto crítico».

El 25 de marzo, los asturianos tendremos que ingerir, de nuevo, los fármacos. Apostar por la económica y natural manzanilla del «voto crítico» es decantarse por una recuperación, lenta sí, pero segura. Cualquier otro envase del voto, además de caro, no curará nuestras dolencias.

 

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