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11/09/2013
Intervención en la presentación del libro ‘Cuando los ferreiros forjan museos. Diario de un Quijote', de José Naveiras Escanlar

Señoras y señores:

Cuando recibí la invitación para participar en el acto de presentación de su libro titulado ‘Cuando los ferreiros forjan museos. Diario de un Quijote’, que con tanto esmero pone en nuestras manos Septem Ediciones, no dudé un segundo en aceptar un encargo tan honroso de José Naveiras y ponerme a su disposición para compartir con todos ustedes este acontecimiento, tan trascendente en lo público como emotivo en lo personal. Quiero comenzar con el agradecimiento al autor y a su editora porque es un detalle que me llena de orgullo al darme la oportunidad de acercarme aún más a un gran asturiano y a su admirable y gigantesca obra cívica y cultural levantada a pulso sin apenas medios en el Occidente de Asturias, un mérito que no está al alcance de cualquiera en la Asturias de nuestros días.

El libro que se presenta hoy merece ser leído por todos cuantos sientan curiosidad  o interés sobre la gesta de la creación del Museo Etnográfico de Grandas de Salime, con su epílogo sobre el descubrimiento del Castro del Chao de Samartín, a partir de una información cabal y completa de la historia de Grandas de Salime y de su comarca. He dicho gesta y no rebajo un ápice de su significado. El primer Museo Etnográfico de Asturias nació con cien años de retraso respecto a sus congéneres europeos, y se hizo realidad en 1984 en Grandas de Salime, la capital de un concejo marginado y desconocido por el resto de Asturias, no por iniciativa pública de nuestras instituciones culturales y políticas, sino por iniciativa particular de un hijo de campesinos artesanos. Pepe no sólo fundó el Museo Etnográfico de Grandas sino que lo construyó, y acarreó una buena parte de los materiales, lo que supongo que es caso único en la museología europea. Que hoy sea conocida Grandas de Salime por su Museo Etnográfico, y éste sea un referente internacional, se debe exclusivamente a su fundador, a pesar de las triquiñuelas que contra él urdieron las autoridades regionales y locales y que terminaron desembocaron en uno de los actos más viles que un asturiano haya sufrido jamás. El libro es una excepcional crónica de la gran gesta; de una gesta insólita y excepcional. Y también una implacable denuncia contra la incomprensión y la desidia de los responsables de las administraciones públicas que protagonizaron los peores lances de nuestra historia democrática en los últimos treinta años. Ni en la dictadura más sectaria hubieran impedido al director durante 25 años de un Museo sacar sus efectos personales del despacho, entre ellos sus agendas, libros... y la pajarita de Don Julio Caro Baroja que le envió de recuerdo tras su fallecimiento su hermano Pío.

Lleva en la primera parte de su título –‘Cuando los ferreiros forjan museos’- las marcas de la casa, que son la humildad y la modestia, grabadas a fuego, puesto que lo titula así, en plural, genéricamente, cuando no son todos, ni siquiera una buena parte de sus sacrificados compañeros de oficio, los que crean museos, sino que es él, José Naveiras, Pepe el Ferreiro, quien ha hecho un milagro excepcional en Grandas de Salime, algo grande que se mantiene en pie contra el viento de la incuria local y la marea de la envidia  nacional.

Estamos, pues, ante una crónica de heroísmo y emoción; ante el relato en primera persona de alguien que, como él mismo recuerda en el subtítulo de la obra, ha escrito el ‘diario de un Quijote’. Pero es sabido que a don Quijote no se le concibe sin Sancho Panza, que no es su escudero sino su otro yo, el infatigable susurro de una conciencia que, instando al caballero a mantener los pies en el suelo, es él, Sancho, quien a veces se escapa por las nubes de las ensoñaciones y los cielos de las fantasías. No me atrevo a identificar o a establecer el paralelismo de los personajes reales con los ficticios. Case y reparta cada quien los papeles como desee, pero José Naveiras y Pepe el Ferreiro, como Don Quijote y Sancho Panza, no son dos seres contrapuestos sino una fecunda suma de pasiones y de amor al bien, que constituyen, por parte de los relatos de las hazañas y proezas de un caballero -que eso eran las caballerías- o de los legados de la artesanía y la industria populares custodiados por un ferreiro, dos grandes aportaciones a la sociedad del bien y de la concordia.

Quiero apuntar dos observaciones sobre las virtudes de este gran personaje del renacimiento de la historia de Asturias que es Pepe el Ferreiro, que definen su modo de relacionarse con la realidad que le rodea y que completan las dos circunstancias aparentemente contradictorias de su talante de artesano de sí mismo que describí hace año y medio en Grandas de Salime, cuando nos reunimos a su alrededor para celebrar su setenta cumpleaños. En primer lugar, me asombra su visión de los objetos y, previamente, de los sentimientos que es sustancialmente poética, en el sentido de que sus ojos saben mirar de distinto modo que los del común de los mortales, y se enmarcan en la tradición lírica española en que Juan Ramón Jiménez nos dice que "Dios está azul" o García Lorca que "el otoño vendrá con caracolas". Los poetas tienen algo de chiflados maravillosos capaces de darle la vuelta al calcetín de la rutina y de despojar su mirada de los convencionalismos de la costumbre, como si el mundo fuese creado y estrenado en cada amanecer. Conciliar esta sorpresa infantil ante el debut de cada madrugada, como si fuese la primera, o el adiós de cada noche, como si fuese la última, genera en las personas como José Naveiras una complicidad muy original y heterodoxa con la maquinaria que mueve el planeta, y les capacita de un modo singular para separar la paja del trigo sin prejuicios, y para apreciar lo que generaciones anteriores han ido sembrando en hogares, hórreos, ferrerías, establos o refugios: obras hechas con el amor de aquel para quien una pieza de madera o de hierro es mucho más que un artefacto útil y manejable, porque también estamos ante la desembocadura de muchos siglos, de muchos sudores y de muchos sueños heredados el séptimo día de la Creación...

A esta visión poética de la realidad, que te hace ver el vuelo de las ilusiones en las alas de una paloma torcaz o las aguas de un arroyo como gotas de rocío engarzadas por el misterio, añado mi admiración hacia otra virtud de Pepe el Ferreiro, que es su gran corazón. Y es ese corazón, tan portentoso como indefenso, el que completa el ciclo de su intuición poética, poniéndola al servicio de los demás, al entender, comprender y reconocer el valor de esos objetos aparentemente inútiles e inservibles para la mayoría los mortales, y depositarlos con inmenso cariño en su Museo para mostrarnos a los demás lo que no sabíamos ver o no estábamos dispuestos a conservar, muchas veces en medio de galernas de incomprensiones o de envidias a las que hace unos meses hemos asistido en un capítulo borgiano de la historia universal de la infamia en Asturias.

¿En qué cromosomas de nuestra cadena genética se encontrarán tan singulares virtudes del corazón y de los ojos de este gran hombre que es José Naveiras Escanlar? Es un misterio que la ciencia podrá desvelarnos algún día. Pero tengo para mí que el genio de la raza y los genes heredados de sus padres tuvieron mucho que ver en sus virtudes. Su padre, Benigno Naveiras Naveiras, a quien Pepe trataba de Vd., fue el mejor ferreiro que hubo jamás en la amplia comarca cuya capital por antonomasia es Grandas de Salime. Murió a los noventa y pico años y la misma mañana de su muerte acudió como siempre a trabajar a la huerta del museo, un excepcional signo externo de la laboriosidad que caracterizaba a su ejemplar progenitor.     

También las misteriosas fuerzas telúricas de la tierra que vio nacer  a Pepe el Ferreiro contribuyeron, sin duda, a forjar las cualidades imprescindibles para un etnógrafo: la capacidad de observación inagotable; la memoria óptica fuera de lo común; la visión espacial y la comprensión de la arquitectura popular y, en general,  de la industria popular; el amor, la tenacidad, la capacidad de sacrificio y la habilidad manual -conoce todos los oficios que deben representarse en un Museo Etnográfico y todos los ejecuta bien con la mínima ayuda- que suplieron con creces el mayor ejemplo de que el peor caciquismo rural asturiano aún sobrevive en aquella comarca.

Pero aquí, en esta Asturias de nuestros amores, el bien siempre se impone sobre el mal, aunque a veces la espera resulte fatigosa, y hoy podemos proclamar, con este libro entre las manos, que el ferreiro que forja museos ha ganado la batalla. Y no su batalla particular, que nunca quiso librar, sino una pelea que es de todos, porque el Museo, su Museo, es un obsequio a Asturias del talento, de la generosidad y del esfuerzo de José Naveiras Escanlar.

Enhorabuena, Pepe, por este gran libro, y nunca olvides que, mientras los gigantescos fantasmones desfilan por el escenario camino del olvido, son los molinos, tus queridos molinos, los sagrados recintos donde se convierte en esperanza el maíz, el centeno, la escanda o el trigo. Y, en esa aventura, los molinos de Don Quijote y Sancho, o los molinos de Don José Naveiras y Pepe el Ferreiro, se convierten en los motores de tu mundo siempre inacabado, desconcertante y maravilloso.

Muchas gracias, queridos amigos.

¡Haxa salú y justicia!

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