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29/02/2012
Pregón del Festival Gastronómico de la Angula, por Francisco Álvarez-Cascos

Soto del Barco, 28 de febrero de 2012

 

Señor Alcalde:

Señor Consejero de Agroganadería:

Señoras y Señores:

 

Las poderosas aguas del río Nalón que nacen en las montañas nevadas de los concejos más grandes de Asturias se entregan al mar Cantábrico encauzadas y vigiladas por las riberas de dos de los concejos más pequeños: Muros y Soto. Imagino un día lejano en la penumbra de los tiempos en que el barco que unió su nombre al del Soto ribereño que le da su nombre cruzó por vez primera el río Nalón y lo rebautizó para la historia como Soto del Barco, el vigía privilegiado de cuanto se mueve por sus aguas. Desde hace milenios, por sus aguas caudalosas -teñidas de negro durante un paréntesis de siglo y medio- nunca dejaron de navegar  y de cruzar sus singladuras los salmones y los esguines, así como las anguilas y las angulas, cuyo festival gastronómico me honra mucho esta tarde concediéndome el honor de ser su pregonero de esta XXVI edición para glosar las excelencias de Soto del Barco, del río Nalón y de sus angulas. Muchas gracias, Sr. Alcalde, por el privilegio de ser hoy vuestro pregonero.

 

Mi agradecimiento quiero hacerlo extensivo a nuestro anfitrión, este admirable Hotel Palacio de la Magdalena, instalado en el espléndido edificio señorial del siglo XVIII, modelo de colaboración armónica entre la Cultura y el Turismo, entre la conservación responsable de nuestro patrimonio y la promoción empresarial  del ocio y del viajero, y que acaba de ser distinguido en 2012 con el Premio Travellers’ Choice, en reconocimiento de condición de alojamiento de calidad excepcional.

 

Para cualquier aficionado a la gastronomía la angula es un manjar cada vez más cercano a los frutos prohibidos del Paraíso fluvial y, por tanto, cada vez más deseado por los paladares exquisitos de los amantes de la buena mesa. Pero, para cualquier aficionado a disfrutar de la Naturaleza a la orilla de un río asturiano, la angula resulta un pececillo fantasmal, efímero, diminuto e invisible. La verdad es que todos los pobladores de nuestros ríos tienen un halo de secreto que los envuelve: las truchas, los salmones, los reos, los muiles o las lampreas; seres inquietos que suben y bajan, que vienen y van, que aparecen y desaparecen. De todos ellos, ninguno tan misterioso como las angulas y sus padres o sus madres las anguilas.

 

Muy pocas personas que no sean pescadoras de angulas han visto algo tan maravilloso como una angula viva. ¿Alguien conoce un ser tan delicado como el pequeño fantasma de los dos puntitos negros, el hilo finísimo negro que cuelga de ellos y el estrecho cordón cristalino que los encierra? Quien no haya sentido entre sus dedos un puñado de estos seres brillantes, inquietos y serpenteantes, tratando de regresar a su medio natural que es el agua, se habrá perdido uno de tantos espectáculos insólitos de nuestro paraíso natural.

 

Gracias a los sabios investigadores que lo descubrieron sabemos desde hace cien años que las angulas son hijas de las anguilas y que estas, al revés que los salmones, tienen la curiosa costumbre de ir a depositar sus huevos muy lejos, a mil leguas de nuestras costas cantábricas, en las profundidades del Mar de los Sargazos. Ellos, los poderosos salmones plateados, vienen desde las frías aguas árticas a depositar sus huevos a las corrientes limpias de nuestros arroyos, mientras las anguilas les llevan la contraria, les dejan los lechos libres y se van lejos de nuestros ríos a poner sus huevos entre los sargazos de las templadas y profundas aguas caribeñas. ¿Acaso cuando unos y otras se cruzan en el Atlántico, se saludan y recuerdan los buenos momentos compartidos en el fondo de los pozos de nuestros ríos? Probablemente sí. O tal vez no. ¿Se reconocerán o no se acordarán de sus aventuras fluviales juntos? Nunca lo sabremos, porque no hemos descubierto todavía el lenguaje de los peces y nos conformamos con interpretar sus movimientos en base a su instinto más que a su inteligencia. Pero lo verdaderamente misterioso y admirable es ese extraño desacuerdo por el que unos peces se van y otros, por el contrario, vienen desde tan lejos a nuestros ríos. ¿Qué y quién los hizo tan diferentes y contradictorios?  La angula y el salmón todavía encierran muchos misterios sin descubrir por las ciencias de la Naturaleza.

 

Dicen los estudiosos de su biología que los indefensos alevines de salmón que, desde los pastizales marinos del Océano Ártico, retornan adultos poderosos en primavera al mismo río en que nacieron, lo hacen guiados por las estrellas. Pero ¿y quién orienta a las angulas que siendo larvas llegan empujadas por las corrientes oceánicas hasta nuestros ríos europeos? ¿Cómo viven y sobreviven a una travesía de tres años? ¡Qué emocionante para las angulas tiene que resultar, en los estuarios fluviales, el momento mágico de su mutación como larva cansada de flotar por las corrientes saladas del océano en alevín cuasi invisible, con fuerzas suficientes para remontar las corrientes más rápidas y para remontar los obstáculos más difíciles! ¡Qué prodigiosas facultades le concede la Naturaleza a la efímera e invisible angula para revestirse con el manto oscuro de la anguila y dotarse de facultades para llegar a vivir fuera del agua y desplazarse reptando por la tierra húmeda respirando a través de su piel!

 

¡Mil leguas de viaje de sus progenitores, mil leguas de retorno como larva a su río natural, cuatro años de periplo generacional! ¡Insuperable gesta biológica la de una delicada angula antes de caer prisionera en los cedazos de los sacrificados pescadores, camuflados en la noche y escondidos entre los juncales de nuestras riberas, esperando que las corrientes de las mareas inviten a las angulas novicias a dejar las favorables aguas salinas del océano para entrar en las difíciles aguas cristalinas de nuestros ríos y lanzarse contra corriente hasta desparramarse por los arroyos y regatos más inverosímiles.

 

Y en el trazado de estas rutas fluviales de la anguila que en el del Bajo Nalón concentran las aguas del río Orlé, del Caudal y del Aller, del Nora, del Trubia, del Cubia, del Narcea y del Aranguín, adquiere una singular importancia la cultura de la pesca fluvial y todas sus posibilidades de creación de riqueza. La pesca como recurso turístico y como recurso económico porque, en nuestro caso, la angula de la ría va a la rula, y de la rula a la cazuela, y de la cazuela a la mesa de restaurantes familiares que aplican la sabiduría tradicional a la nueva cocina, siempre con los mejores productos de Asturias, de nuestras aguas, al igual que de nuestras tierras, y que forman parte de nuestro patrimonio de excelencia para construir nuestro futuro.

 

Ahora que está tan en boga el turismo activo, del que los expertos hablan como el modelo de futuro más prometedor, como la tendencia más adecuada para ser competitivos en el cada vez más globalizado y agresivo mercado turístico internacional, el Bajo Nalón es un entorno privilegiado para un modelo sostenible basado en los recursos naturales vinculados al mundo del mar y del río, a la cultura de la pesca, al patrimonio histórico, al turismo de naturaleza y a la gastronomía.

 

Porque, volviendo a nuestras angulas, si mágicos son sus viajes, sus gestas y sus asombrosas mutaciones en su peripecia por los mares, también lo es, históricamente, su condición de apreciado manjar en las mesas en las que se oficia lo que el gran Álvaro Cunqueiro llamó “la cocina cristiana de Occidente”. Legendarias mesas y fantásticos rituales que complementan la gastronomía de tierra adentro, cuya piedra angular es el cerdo y sus infinitas derivaciones como alimento y como rito, como nutrición y como fantasía. Mesas y ritos en que nada se entiende sin el culto a la palabra: es decir, a la convivencia, al ingenio compartido, a la puesta en escena de los más arriesgados y entrañables y amenos logros de la condición social del ser humano.

 

Doctores tienen las plurales iglesias de los fogones para incorporar a la preciada angula como joya gastronómica. Y si son numerosos los rituales del arte de cocinar en las noticias de las que hablan los tratados más venerables, no son menos los que se suscitan en la imaginación de quienes nos acercamos con respeto casi reverencial a este milagro biológico que son las angulas.

 

Si Dios expulsó al hombre del paraíso terrenal por una manzana y, según nuestro insigne paisano Valentín Andrés, lo redimió después como premio al hecho de haber inventado la sidra, y que tuvo algo de genial arrepentimiento, les sugiero que las divinidades del mar rediman y bendigan estas tierras de la Asturias angular y angulera por su condición de origen y de destino, de alfa y de omega, de aventurado inicio en la incertidumbre y de feliz regreso cuando la primavera llama a nuestra puerta.

 

En la Asturias tradicional, en las viejas historias de nuestra tierra, tanto el salmón como la angula pasaron por legendarias fases que incluyen la curiosidad, la ignorancia, el entusiasmo, el debate en sus múltiples versiones, la indagación sobre lo singular y lo común, la dialéctica entre lo elitista y lo cotidiano, las viejas historias de monjes y canteros obligados por ley a consumir salmones varios días a la semana… o de personas a las que les resultaba extraño y sorprendente el milagro de un puñado de angulas en el modesto cuenco de la supervivencia. El tiempo, del que se dice que todo lo cura, pero que, muy especialmente, todo lo corrige y lo lleva a los benditos términos de la normalidad, nos enseña en don Antonio Machado que todo pasa y nada queda, y que lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar. Sobre ese mar que, en Jorge Manrique, es el morir al que se entrega el río de la vida,  y que hoy, en este Festival de la Angula de Soto del Barco, es el mar de la vida y de la alegría.

 

Muchas gracias

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