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10/09/2011
Acto de entrega de la distinción de Hijo Predilecto de Asturias a José Antonio Nespral

Buenos Aires, 10 de septiembre de 2011

 

Señor Presidente del Centro Asturiano de Buenos Aires:

Señoras y señores miembros de su Directiva:

Señoras y señores:

 

Quien les habla como Presidente del Principado es un asturiano como tantos, nieto de luarqués y de abuela emigrante a la Argentina, e hijo de gijonesa y de padre emigrante que eligió Madrid para abrirse camino en la vida. Soy, por tanto, deudor de todos los que acogieron a nuestros antepasados asturianos cuando nuestra tierra era insuficiente para cobijar a todos sus hijos. Nunca he visto tanto amor por nuestra tierra y tanto cuidado por nuestra cultura y por nuestras tradiciones como en nuestros emigrantes a los  países lejanos de Ultramar o a los más cercanos de Europa. A los asturianos de la emigración os debemos muchísimo, y con vosotros tenemos un compromiso vivo que vamos a cumplir: que en la nueva era de las comunicaciones del siglo XXI los modernos puentes virtuales nos ayuden a recuperar y a fortalecer los vínculos reales entre las tres Asturias. Si en la Edad Media ya se hablaba en plural de las dos Asturias de Oviedo y de Santillana, en la era del futuro nuestra aldea global  tiene que incorporar la tercera, la de la Diáspora que decía el gran Rafael Fernández, como parte esencial de nuestro país llamado siempre en plural Asturias, nuestra patria chica, dentro de la patria grande que es España, y en el que no se distingan ni las fronteras, ni mucho menos las barreras.

 

Acabo de repetiros mis primeras palabras del pasado día 5 de marzo de 2011 en Pruvia (Llanera), nada más ser elegido presidente de Foro Asturias, dedicadas a los paisanos de las Asturias emigrantes que estando tan lejos os sentís tan cerca de nosotros. También en mi primer discurso del día de Asturias, el pasado miércoles día 7 de setiembre en Oviedo, me referí a la emigración al resto de España y al mundo como “el concejo número 79 de Asturias”, y sin duda el más poblado. Un municipio que no es metafórico ni virtual, que no es una colonia más o menos exótica, sino que forma parte, con pleno derecho, de Asturias, y que incluso es la mejor Asturias. Hoy, desde Buenos Aires, veo cómo las dos orillas del Atlántico están unidas, y cómo el legendario finisterre se ha apeado de la mitología porque la tierra, como el coraje o como los sueños, es infinita.

 

Permítanme que añada una breve referencia a las mujeres de la emigración, porque en demasiadas ocasiones esta aventura se ha interpretado como asunto exclusivo de varones, como cosa de hombres… Las mujeres de la emigración, tanto en América desde inicios del pasado siglo como en la Europa que acogió a numerosos españoles y asturianos en el exilio, han sido las grandes protagonistas de la emigración. Y no exclusivamente  en el admirable papel maternal o doméstico, sino como creadoras de riqueza, como personas comprometidas por sacar su familia adelante, por integrarse a una sociedad distinta, por asumir unas costumbres nuevas, por aportar calor en los momentos de desaliento o cordura cuando alguien era tentado a hacer castillos en el aire…

 

Como dicen en algunos países americanos, “la casa es chica, pero el corazón es grande”. Desde la pequeña, por entrañable, y gran Asturias, por sus esencias, os quiero decir, como asturiano, que también me siento argentino sin renuncia alguna, por gratitud a este gran país, enriqueciendo nuestro corazón común e ilusionado, que es grande aún cuando el tendejón o la casa sean chicos…

 

Un millón y pico de asturianos celebramos nuestra fiesta anual dentro de nuestro hermoso país; y otros cientos de miles, nacidos o descendientes de la raíz común, lo haceis en otros lugares de España y del  mundo a los que habeis llegado por el oleaje desarbolado del exilio, o por la necesidad de la emigración, o por la voluntaria y libre búsqueda de nuevos horizontes, conformando ese poblado concejo número 79 de nuestra Comunidad: asturianos del éxodo y del llanto, del esfuerzo y de la aventura, de la nostalgia o del forzoso desarraigo, y a quienes tenemos hoy especialmente presentes en nuestro sentir, como quiero dar testimonio una vez más en esta mi primera visita fuera de Asturias como presidente del Principado.

 

No hemos llegado a la Fiesta de la Santina y al Día de Asturias, que celebramos el pasado jueves día 8 de septiembre en Covadonga y en Amieva, y mañana domingo 11 de septiembre aquí en Buenos Aires, en las mejores condiciones de prosperidad que conforman el contexto existencial deseable para un pueblo que se merece lo mejor, porque para ello ha trabajado y se ha esforzado sin bajar la guardia. El estancamiento de nuestro crecimiento, las altas tasas de paro y el deterioro de nuestros niveles de bienestar llenan de preocupación y de pesimismo los hogares de todos los asturianos, especialmente de los más humildes. La mayoría de nuestros jóvenes tienen que empezar su singladura buscando las oportunidades de empleo fuera de nuestra Asturias.

 

Pero es precisamente en los momentos difíciles -y el actual lo es de modo significativo e innegable- donde se fraguan y se consolidan las herramientas morales más auténticas, como es el amor a la verdad, la solidaridad, la capacidad de iniciativa y el compromiso con una justa distribución de la riqueza. Esta es la hora de arrimar el hombro, y lo es de un modo singular, porque excepcionales son las circunstancias en que se enmarca este tiempo que, más que una cancha para jugar una partida de rivalidades, es una clamorosa y rotunda y hasta angustiosa llamada a ir todos juntos en la buena dirección. Ese es nuestro compromiso con Asturias, y al decir Asturias no me refiero solamente a una entidad geográfica o demográfica sino a una larga historia, y a un tiempo venidero que está en nuestras manos y del que deberemos rendir cuentas. Tan alejados del pesimismo como de la frivolidad, esta jornada de afirmación de la identidad asturiana tiene, en esta ocasión, una especial seriedad, perfectamente compatible, y hasta complementaria, del orgullo de ser y de sentirse asturianos.

 

En estas fechas, como es tradición desde 1986, el Gobierno del Principado entrega las Medallas de Oro y de Plata de Asturias, así como los títulos de Hijos Predilectos de nuestro país. Quien les habla quisiera disponer, como en un juego de espejos y de sueños, de un millón y pico de distinciones para que en el pecho de todos los asturianos brillase esa insignia que se merecen, y muy especialmente los que son perdedores en la lucha por la vida: los emigrantes, los parados, los marginados, los que en estos tiempos de apología del bienestar sufren las inclemencias generadas por la pobreza o por el egoísmo de quienes han convertido su destino en una lucha de Davides y Goliathts, de buenos y malos, de poderosos y de menesterosos, de gentes hundidas en la necesidad o entronizadas en la autocomplacencia. “La vida no es buena ni noble ni sagrada”, como nos recuerda el poeta Federico García Lorca. Mas, pese a ello, “hay en el ser humano más realidades dignas de admiración que de desprecio”, como nos advierte el premio Nobel Albert Camus.

 

Cuantos en algún viaje al extranjero acudimos al calor de un Centro Asturiano, sabemos lo que es el infatigable esfuerzo y la intuición de sus directivos para el milagro, en muchas ocasiones, de que esos centros mantengan sus puertas abiertas en los tiempos más ásperos y duros. Como símbolo de todos ellos, como figura apasionante y apasionada, aquí está, en Buenos Aires, el piloñés José Antonio Nespral Tirador quien, si no existiese Asturias, la hubiese inventado para amarla, para sentirla, para difundirla. La emigración, como la vida, no es un hecho aislado, encadena venturas y desventuras, implica compartir la carga y la ilusión…, y todo eso figura en las claves del tenaz compromiso con Asturias que se encarna en José Antonio Nespral, a quien he venido a entregar  personalmente la distinción, con motivo de la Fiesta de Covadonga que celebráis los asturianos en Buenos Aires.

 

Deseo que consideréis la distinción a José Antonio Nespral, dos veces presidente del Centro Asturiano de Buenos Aires, como un reconocimiento a todos los asturianos que, por uno u otro motivo, se han visto obligados a salir de su tierra, a “cruzar el charco” en el caso del destino iberoamericano… Muchos de vosotros lo habéis vivido y, por tanto, lo conocéis muy bien, y los más jóvenes seguro que escucharon de boca de sus padres o de sus abuelos la proeza de aquella travesía marina que tenía como meta el Nuevo Mundo. Los tiempos han cambiado, los bergantines que partían del puerto de El Musel han sido sustituidos por la navegación aérea, y la Asturias de la necesidad y la Argentina de la prosperidad han ido intercambiando sus papeles en sucesivas y azarosas historias.

 

Del mismo modo que todo ciudadano de un país libre tiene derecho a recorrer el mundo, a alejarse físicamente de su huerto y de sus raíces, también tiene derecho a regresar. Pero, puesto que muchas veces ni la partida ni el retorno responden a decisiones arbitrarias, sino que se enmarcan en contextos sociales, económicos y culturales, la sociedad se debe comprometer a que esa libertad de decisión en ambas direcciones esté tutelada por el realismo y no por el capricho ni por la fantasía. España y Argentina, Buenos Aires y Asturias tienen una larga historia como escenarios de despedidas y de acogidas, de pañuelos para el adiós y de abrazos para la bienvenida. Apostamos porque un mundo más justo y más humano extraiga el fenómeno social de las migraciones de un hábitat regido por la necesidad. Para ello, todos debemos trabajar dura y esforzadamente.

 

Es sabido que donde está un asturiano está Asturias entera, estamos todos sus paisanos. Apelo a ese sentimiento colectivo de pueblo arraigado, de país con historia, de sociedad vertebrada por la sabiduría de la convivencia y tallada en sus perfiles más profundamente humanos por el cincel de los siglos. Los gauchos del “Martín Fierro”, una de las cumbres de la literatura épica argentina, se refieren a quienes pierden el tiempo como a quienes “cuentan bueyes perdidos”… No estamos los asturianos de Asturias ni los asturianos de Argentina para contar bueyes perdidos, porque vivimos tiempos en que no se puede perder ni un instante para hacer algo por los demás, actitud de la que es un ejemplo la emigración asturiana a cualquier país del mundo.

 

En el Campo de San Francisco de Oviedo hay una lápida en memoria del gran poeta Alfonso Camín, que fue emigrante en tierras americanas, especialmente en Méjico y en Cuba, y en la que se lee: “Si soy el roble con el viento en guerra ¿cómo viví con la raíz ausente?, ¿cómo se puede florecer sin tierra?”. Estos versos del vate de Porceyo están escritos con la pluma de quien sintió la distancia de su aventura llevándose la mano al corazón. Y yo os vengo a reconocer, desde la humildad, que vosotros, queridos amigos astur-argentinos, acaso hayáis percibido que vivíais con la raíz ausente pero, por el hecho de que el árbol de la vida diese sus frutos, jamás floreció sin tierra, porque tierra asturiana acompaña siempre a los pasos de nuestros paisanos más esforzados, a esa avanzadilla moral que traspasasteis océanos, cordilleras y fronteras, amaneceres de trigo y noches de sed.

 

Deseo que la fiesta de Covadonga y el día de Asturias, más allá de su emoción espiritual y festiva, proyecten su espíritu de unidad y de fraternidad sobre nuestras actitudes colectivas, y galvanicen el firme propósito de todos los asturianos de las dos orillas del Atlántico para redoblar nuestros esfuerzos y para multiplicar nuestra generosidad con el fin de superar cuanto antes  las dificultades del tiempo presente, y de construir nuevos proyectos de esperanza en la nueva Asturias, una Asturias más solidaria, una Asturias más acogedora y abierta al mundo, con oportunidades reales de empleo y de prosperidad para todos.

 

Los galardonados de este año, como José Antonio Nespral, y los de años anteriores, nos marcan el buen camino con su ejemplo. Enhorabuena también al Centro Asturiano de Buenos Aires.

 

Muchas gracias.

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