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13/01/2014
El foro de FORO
Inaciu Iglesias: “En Asturies no queremos nada a los empresarios: no los cuidamos, no los entendemos y no los sabemos atraer y, cuando están aquí, tampoco los sabemos retener”
  • “Muchos de nuestros gobernantes no creen en el libre mercado. No saben jugar en un entorno limpio. No saben competir. Están tan acostumbrados a conseguir las cosas por obligación, por concesión o por enchufe, que no saben hacerlo de otra manera”

  • “Necesitamos unas reglas de juego claras e iguales para todos. No se trata –como algunos mienten- de que no haya reglas para que esto sea la jungla y solo gane el más fuerte”

  • “Ser asturianista es creer en las posibilidades de este país. Y yo creo en ellas. Creo que somos viables. Creo que tenemos futuro. Creo que podemos salir a flote”

  • “En este año 2014 tenemos un reto nuevo: participar en la construcción de Europa porque es nuestra casa. Porque siempre fuimos europeos”

Intervención del concejal en Noreña y Presidente de la Comisión de Economía de FORO, Inaciu Iglesias, en ‘El foro de FORO’ con la conferencia-coloquio titulada ‘SALIR A FLOTE’:  

“Buenas tardes:

Hace algunos años, no demasiado lejos de donde estamos ahora, un grupo de asturianos dijo ‘ya valió’. Y se rebelaron. Se levantaron contra un gobierno –o, mejor dicho, un desgobierno- que no los tenía en cuenta. Un gobierno que no los consideraba ciudadanos, sino súbditos, contribuyentes dóciles y silenciosos. Un gobierno sucursalista, que tenía los ojos puestos en otra parte y que se limitaba a cumplir las órdenes que venían de fuera.

La tarea no era fácil. El enemigo al que se enfrentaban era poderoso. Los tiempos eran muy duros y la sensación de que el sistema era invencible había calado incluso en aquellos que decían ser la oposición. Ese era su mayor enemigo: el derrotismo; la sensación de que había que aceptar la derrota. Pero aquellos asturianos eran muy necios. Y, contra todos los pronósticos, ganaron; superaron un primer reto decisivo. En poco tiempo, con pocos medios y mucho entusiasmo vencieron en una batalla que se convirtió en símbolo. Y construyeron otra forma de hacer las cosas. Gracias a aquellos héroes estamos aquí ahora.

Por supuesto, como algunos ya habrán adivinado, estoy hablando de los fundadores del reino de los astures: aquellos primeros asturianos anónimos que se levantaron contra el gobierno musulmán que extendía sus dominios de Persia a Poitiers; aquellos primeros asturianos que demostraron que, con entusiasmo y trabajando juntos, se podía vencer incluso al enemigo más poderoso.

Años después –tampoco tantos- otro asturiano, esta vez ya bien conocido, decidió que tampoco quería vivir resignado, con miedo constante a perder todo lo que habían construido sus paisanos. Los tiempos tampoco eran fáciles. Para él hubiera sido más fácil no hacer nada, no enfrentarse a muchos y vivir de un prestigio que ya tenía bien ganado. Pero decidió construir algo nuevo y demostró el movimiento como mejor se puede hacer: andando. Y con sus pasos, dio origen a un camino que marcó también nuestra historia e influyó en la de Europa entera. Naturalmente, estoy hablando de Alfonso II y de la primera peregrinación a Compostela que inició el camino de Santiago.

Estos dos no fueron casos aislados en nuestra historia. Este espíritu de rebeldía y decencia fue el mismo que inspiró a los asturianos que se levantaron contra el poder de Roma, contra la tiranía de los reyes castellanos, o que declararon la guerra a Napoleón. Y ganaron.

Hoy nosotros –los asturianos del siglo XXI- peleamos contra el inmovilismo, contra el sucursalismo y contra el derrotismo. Las circunstancias son otras. Es verdad. Y, ahora, nuestro mayor reto colectivo es superar esta crisis económica y conseguir dar trabajo y un futuro digno a esos cien mil asturianos que quieren ganarse la vida y no pueden. Hoy nuestro reto es cómo salir a flote. Nuestra obligación es luchar contra esta decadencia económica en la que estamos. En eso estamos todos de acuerdo. Pero ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se puede salir a flote? ¿Cómo se puede crear empleo hoy en día?

Bueno. Yo no lo voy a negar: soy jefe y me gusta. Me gusta mucho. Creo que ser jefe es la mejor profesión del mundo. Y ya sé que, diciendo esto, muchos se sonreirán y pensarán ‘no te fastidia; así cualquiera: ganando un pastón, trabajando solo cuando te apetece y sin tener que aguantar a nadie que te diga lo que tienes que hacer…’. Pero no. No es por eso. A mí me gusta mi oficio porque, siendo jefe, puedo crear, puedo diseñar y puedo fabricar el mejor producto del mundo; el producto que más gente demanda ahora mismo: el producto estrella de nuestro tiempo. ¿Y qué producto es ese? Pues el trabajo; hombre, el trabajo: el trabajo simple y llanamente.

Y es que –admitámoslo- ahora mismo lo que más necesitamos es trabajo. Lo necesitamos mucho. En concreto, en nuestro pequeño y verde país, necesitamos unos cien mil empleos; que es –aproximadamente- el número de asturianos que quieren trabajar y no encuentran cómo. Y para encontrarlo lo que nos hace falta es gente que pueda diseñarlo, que pueda fabricarlo y proporcionarlo. Y, haciendo un cálculo un poco por encima, nos sale que la media de personas empleadas por empresa viene a ser de doce; lo que quiere decir que –matemáticamente- necesitamos unos ocho mil creadores de empleo. Eso es lo que más necesitamos en Asturies ahora mismo: ocho mil emprendedores, ocho mil empresarios nuevos, ocho mil jefes más. Los necesitamos como el comer. Sí. Eso es incuestionable… Pero, ¿los queremos? Pues no. No los queremos en absoluto.

En Asturies no queremos nada a los empresarios: no los cuidamos, no los entendemos y no los sabemos atraer y, cuando están aquí, tampoco los sabemos retener. Miren, si no, nuestra reacción cuando una multinacional amenaza con deslocalizarse. Nos parece mal. Nos indigna que hayan ganado dinero. Nos indigna más todavía que digan que lo pierden. No nos fiamos de ellos. Nos sentimos estafados. Les cobramos más impuestos que nadie y les echamos en cara todas las subvenciones y ayudas que obtuvieron y, en definitiva, los acabamos despreciando. ¿Quiere eso decir que a los que se quedan y nunca amenazan con marcharse los tratamos mejor? Pues no. A los que se quedan los tratamos igual de mal: nos indigna que hayan ganado dinero; nos indigna más todavía que digan que lo pierden; no nos fiamos de ellos; nos sentimos estafados; les cobramos más impuestos que nadie y les echamos en cara todas las subvenciones y ayudas que obtuvieron; y, en definitiva, los acabamos despreciando.

Y, sin embargo, son esos pequeños emprendedores los que siempre nos terminan sacando las castañas del fuego. No sería la primera vez. En las reconversiones de los años ochenta perdimos unos cien mil empleos básicamente en la gran industria pública. ¿Y saben cómo los recuperamos? ¿Qué grandes industrias vinieron a sustituir a los grandes sectores naval, minero o siderúrgico? Ninguno. No fueron las grandes compañías las que crearon esos cien mil nuevos empleos. Fueron las pequeñas iniciativas, los pequeños industrias, los pequeños comercios. Esos a los que esta administración maltrata.

¿Y saben por qué pasa todo esto? Pues, en pocas palabras, es una cuestión de ideología pero, sobre todo, es una cuestión de biografía. Una biografía que lleva a muchos de nuestros gobernantes a no creer en el libre mercado. A no saber jugar en un entorno limpio. A no saber competir. Están tan acostumbrados a conseguir las cosas por obligación, por concesión o por enchufe, que no saben hacerlo de otra manera. Pensemos, por ejemplo, en los impuestos. Cada comunidad plantea sus propios impuestos y a mí no me parece mal. Yo creo en la libre competencia. Pero, claro, para que haya libre competencia es imprescindible que exista libertad de decidir entre distintas opciones. ¿Y qué pasaría si los asturianos pudiéramos decidir libremente entre este modelo impositivo y otro? Pues, efectivamente: que, en condiciones de libre competencia, el modelo asturiano no se sostendría. Nadie lo escogería. Por eso muchas empresas se acaban marchando y por eso muchos de nuestros gobernantes no saben qué hacer. Porque no saben atraer, convencer ni vender en un entorno libre. Solo saben obligar. Por decreto. Porque sí. Porque no nos ven como ciudadanos libres. No. Nos ven como contribuyentes, como súbditos y como sospechosos.

Y por eso pasa lo que pasa. Les pongo un ejemplo: una empresa normal que está dando trabajo a unas cien personas con una maquinaria y unas instalaciones valoradas en unos doce millones de euros ¿Saben cuánto debe pagar para poder seguir funcionando y creando empleo cuando se mueren sus propietarios? Pues depende. En Cantabria, setenta euros. Ya ven: nada. En la mayoría de las comunidades españolas, unos seis mil euros. Bueno, es aceptable ¿Y en Asturies? Agárrense: ciento cuarenta mil euros. No tengo más que añadir: ésa es la manera que tenemos de tratar aquí a los creadores de empleo.

¿Los impuestos, la política fiscal, son entonces la solución? Pues, en gran parte, sí. No es difícil saber qué es lo que quieren los inversores. A veces, basta con preguntárselo. ¿Saben ustedes cuales son las diez cosas básicas que los inversores valoran a la hora de decidir?

Es muy fácil:

-        Una moneda estable y previsible

-        Que permita un crédito fluido

-        Leyes estables

-        Que recojan el derecho a crear empresas

-        Una justicia ecuánime

-        Que dé solución a los casos de corrupción

-        Libertad para comerciar y exportar

-        Que permita ejercer el derecho al trabajo

-        Impuestos y retenciones no extorsionadoras

-        Educación generalizada y de calidad

 

De entre esas diez cosas, hay muchas que no dependen directamente de nosotros. Pero hay otras que sí. En concreto esas diez cosas se pueden resumir en dos: poca corrupción y mucha educación. Y esas dependen de nosotros. No hay ninguna sociedad bien formada que sea pobre. Y no hay país bien gestionado que no termine prosperando.

El gobierno asturiano –nuestro gobierno- tiene algo que decir en esto. Necesitamos unas reglas de juego claras e iguales para todos. No se trata –como algunos mienten- de que no haya reglas para que esto sea la jungla y solo gane el más fuerte. No. Si fuera así, el mejor país del mundo para invertir sería –yo qué sé- Burundi. Y no Dinamarca. Y no es así. De hecho, hay tres estadísticas que comparadas, son muy reveladoras. Una es la lista de países menos corruptos de mundo, otra la de los países con mejor nivel formativo del mundo; y la tercera, la de los países más atractivos para invertir. ¿Y saben lo sorprendente? Que las tres son prácticamente iguales.

Por eso, para empezar, simplemente usando el sentido común, resulta relativamente fácil definir tres de reglas básicas para atraer la inversión y crear empleo: mejores impuestos, más formación y menos corrupción.

Yo creo en la libertad. Por eso soy liberal. Ser liberal implica creer que el afán personal por mejorar puede ayudar a la colectividad. Es saber que una de las razones más poderosas que nos lleva a emprender es buscar un futuro para nosotros y nuestra familia; para los nuestros: esa fuerza es poderosísima.  Es asumir que la libertad de uno acaba donde empieza la de los demás. Y es entender que la libertad de los demás acaba donde empieza la de uno mismo. Eso es ser liberal. Por eso yo no creo que lo público sea mejor que lo privado. Pero tampoco al revés: no creo que lo privado sea mejor que lo público.

De lo que sí soy muy consciente es que no todo el mundo piensa como yo. La mentalidad intervencionista está muy extendida. Es una ideología que considera que la misión más importante del servidor público es recaudar todo lo posible –dámelo todo para mí, cuanto más mejor- y luego ya veré yo en que lo gasto. ¿Y por qué considera esto? Pues porque esta ideología parte de la superioridad moral de que lo público es siempre mejor. Eso sí, de lo público siempre que lo gestione yo.

El problema es que, con este armazón mental, se termina gastando cada vez más y más. Y no hay manera de racionalizarlo. Ni de controlarlo. Porque lo que es propiedad de todos –sea o no una aberración- tiene que acabar siendo bueno para todos. Y no es así. Les pongo otro ejemplo: tuvimos, y seguimos teniendo, un claro problema con la gestión de las Cajas y los Bancos. En pocas palabras, unas entidades –las Cajas- eran públicas y otras –los Bancos- eran privados. Teóricamente, entonces, las más beneficiosas –para todos- eran las públicas porque, incluso cuando ganaban, ganábamos todos. Pero en realidad ¿Cuáles estaban mejor gestionadas? ¿Cuáles tuvimos que rescatar? ¿Cuáles fueron las que cometieron las mayores irregularidades? ¿Cuáles fueron más dañinas para los intereses generales?

Por eso, frente al modelo obsesivamente intervencionista, yo soy más amigo del modelo liberal. Un modelo que considera a la administración un juez y no una parte; un modelo que considera a las instituciones como directores de escena y no como actores; un modelo que entiende a los políticos como árbitros y no como jugadores. Y es que, cuando lo árbitros se dedican a meter goles para igualar el partido, malo. Mucho cuidado, entonces, con los árbitros y responsables públicos que tienen en la boca la palabra privatización como el peor de los males y luego son ellos los que nos quitan Cajastur a sus legítimos dueños que somos los ciudadanos y las instituciones asturianas. Y mucho cuidado también los que acusan a los demás de deslocalizarse o echan la culpa a las otras comunidades porque disponen de impuestos más atractivos –haciendo, según ellos, competencia desleal- y son ellos los que toman la decisión de trasladar el domicilio fiscal de Cajastur a Madrid. Ya estuvo bien: la coherencia es importante.

Hablando de coherencia y de defensa de lo público –prejuicios y etiquetas aparte- a mí hubo una cosa que me asombró del primer gobierno de FORO. Lo tuvo clarísimo: había tres presupuestos que no se recortaron: sanidad, educación y servicios sociales. Frente a la retórica de la izquierda sucursalista aquella administración demostró que se podía hacer. Que se podía tirar del carro si conseguíamos que se bajaran de él los cuentistas, los chiringuitos, los árbitros que se dedicaban a meter goles.

Decía entonces que por eso soy liberal. Pero también soy demócrata. Porque creo en la democracia, en las instituciones y en el pueblo. En el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Sí, yo creo sinceramente que el pueblo debe tener la última palabra. Claro que se puede equivocar. Por supuesto. Pero seguro que no más que los más expertos. Y, además, aquí no se trata solo de acertar o de tener razón. No hay un voto correcto ni un gobierno correcto. Es el que la gente decida; el que quiere, el que pide. Y ahí es donde se nota la grandeza del gobernante: en la renuncia.

En el año 2012 hubo un presidente del gobierno asturiano que convocó elecciones anticipadas porque no podía desarrollar su programa, sacar adelante sus presupuestos, desarrollar aquello a lo que se había comprometido. Y a todos nos entró el vértigo. A todos nos entraron las dudas. A mí también. A algunos, incluso, les molestó mucho que nadie les preguntara personalmente a ellos. A mí, la verdad, eso no me molestó. ¿Y por qué a mí no me molestó? Pues porque, en el fondo, a mí sí que me preguntaron: me preguntaron igual que lo hicieron al millón de asturianos; a todos los que tenemos derecho al voto universal, directo y secreto. Y eso es preguntarme.

En cualquier caso, yo tenía dudas. Y me entró vértigo. Como a casi todos. Pero con el tiempo fui entendiéndolo mejor. Y, pensándolo bien, fue ahí –en ese preciso momento, en esa decisión valiente de convocar elecciones anticipadas- cuando Francisco Álvarez-Cascos, como presidente de los asturianos, me ganó definitivamente: me terminó de conquistar. Demostró que es capaz de renunciar al sillón porque confía en el pueblo. Porque acepta lo que dice el pueblo. Porque actúa escuchando al pueblo. Definitivamente, ése es el presidente que necesitamos.

Por eso estoy tan a gusto en este proyecto. Porque soy demócrata. Porque soy liberal. Y porque soy asturianista.

Muchas veces me preguntaron qué es eso de ser asturianista. Y yo siempre contesto lo mismo: es creer en las posibilidades de este país. Es así de simple: o se cree en las posibilidades de este país o no se cree. O se cree en la fuerza y en el futuro de esta tierra y esta gente -de este paisaje y de este paisanaje- o no se cree. O se cree que esta sociedad es viable económicamente sin necesidad de tutelas, de limosnas, o de subvenciones dirigidas o no se cree. Y yo creo en ello. Creo que somos viables. Creo que tenemos futuro. Creo que podemos salir a flote.

          En concreto hay dos cosas en las que creo ahora mismo. La primera es que los asturianos vamos a salir de esta crisis, de esta decadencia más fuertes de lo que entramos en ella. Y la segunda es que no nos van a sacar los mismos que nos metieron en ella. De esta crisis, de esta decadencia, no vamos a salir confiando en los mismos incompetentes de siempre. No vamos a salir aplicando las mismas recetas de siempre. No vamos a salir cometiendo los mismos errores de siempre.

Hay dos cosas muy positivas de esta sociedad asturiana: la gente quiere trabajar y la gente quiere un gobierno digno. Por eso creo que vamos a salir de ésta: porque somos una sociedad decente; porque somos una sociedad que quiere trabajar; porque somos una mayoría los que estamos contra la corrupción y el amiguismo; porque ya sabemos que no podemos seguir siendo complacientes con la chapuza y la decadencia. Porque somos muchos los que queremos un gobierno decente, una economía decente y unos servicios públicos decentes. Y porque sabemos que todo esto tenemos que hacerlo juntos.

Por eso nos tenemos que implicar. Ahora –en este año 2014- tenemos un reto nuevo. Tenemos que participar en la construcción de Europa porque es nuestra casa. Porque siempre fuimos europeos. Porque ser asturianos es nuestra manera de ser españoles. Y de ser europeos.

A algunos les puede sorprender. Les puede parecer algo ajeno, lejano, algo que nos viene grande. ¿Qué pinta un asturiano en el Parlamento Europeo? Bueno, les pongo otro ejemplo: por primera vez en muchas décadas, en el 2011, los asturianos conseguimos tener una representación propia en Madrid; en el Congreso y en el Senado. Y los efectos se notan. Nunca Asturies estuvo tan presente en las Cortes como ahora. Pues ahora tenemos la posibilidad de volver a hacer historia consiguiendo que Asturies tenga voz propia en el Parlamento Europeo de Estrasburgo. Los asturianos no podemos seguir siendo europeos solo por delegación.

Por supuesto, en el parlamento europeo no se tratan solo temas asturianos. Por supuesto, la obligación de cualquier eurodiputado asturiano no consiste en apoyar solo cuestiones locales o barrer para casa. No es tan simple. No es ése el juego. En Estrasburgo no se va a votar si una incineradora, un auditorio o una regasificadora se van a instalar aquí o fuera. No. Pero sí se va a votar si el modelo energético apoya al carbón –como en Alemania- o apuesta por las tecnologías políticamente correctas y guais. Y ahí es donde se ve el comportamiento de unos y de otros. Ahí es donde se ve cómo –por ejemplo- los eurodiputados de izquierda unida (esos mismos que aquí sueltan soflamas incendiarias de apoyo a los mineros y a la clase obrera) votan contra el futuro del carbón asturiano porque en ellos pesa mucho más el seguidismo de los intereses electorales de los verdes alemanes y de la progresía más molona.

Y los asturianos nos merecemos algo mejor que eso. Tenemos derecho a pintar algo más en Europa. Es un problema incluso matemático; de representación: Quinientos millones de europeos eligen 750 parlamentarios. Aplicando un principio de proporcionalidad, podemos decir que a nosotros, los asturianos -un millón de ciudadanos de esta Unión Europea- nos corresponde un escaño y medio. Y, en cierto sentido, los tenemos. Incluso más: hay hasta dos eurodiputados asturianos. Dos eurodiputados asturianos que en los últimos cinco años –gracias a nuestro apoyo- dispusieron de voz y voto en Estrasburgo. Pero, la pregunta es evidente ¿Defendieron los intereses asturianos? ¿Hicieron oír su voz para mejorar nuestra situación? ¿O votaron siempre según la disciplina de grupo haciendo todo lo contrario? Tengo un mensaje para ellos: Europa no se construye con los grandes partidos; Europa se construye con las pequeñas decisiones valientes.

          Las elecciones serán el 25 de mayo del 2014. Es una fecha histórica para nosotros. Hace 206 años –exactamente el 25 de mayo de 1808- Asturies entró en la edad moderna y lo hizo proclamando la soberanía de su institución más apreciada: su parlamento o Xunta Xeneral- para declararle la guerra a Napoleón. Napoleón pretendía unificar Europa por la fuerza. Y los asturianos, como tantos otros pueblos, nos opusimos a esto precisamente porque éramos europeos. No porque no lo fuéramos o no lo quisiéramos ser: sino porque lo éramos. Porque ser europeo significa ser demócrata. Creer en nuestra unidad. Y creer en nuestra diversidad. Unidad en la diversidad: ese es el lema de Europa y con ese espíritu nos sentimos plenamente identificados.

Nuestros antepasados se rebelaron cuando llegó el momento. Y si pudimos con Roma, con el imperio musulmán, con los reyes de Castilla y con el emperador Napoleón, cómo no vamos a poder con esta crisis. Los tiempos puede que sean duros. Pero los asturianos somos más duros todavía.

¿Por qué nos tenemos que rebelar nosotros ahora? ¿Qué es lo que nos mueve a nosotros ahora? ¿Qué podemos hacer para sacar este país nuestro a flote? ¿Por qué estamos aquí? ¿Quiénes somos nosotros? ¿De dónde venimos?

Hace unos años estaba ya en el pueblo de Llangreo donde se crió mi madre y donde yo mismo pasé algún tiempo. Pero había una paisana que no se daba cuenta quién era yo. Y le preguntaba a otra vecina –con ese descaro tan nuestro- ‘¿Esi quien ye?’ O mejor dicho ‘¿Esi, de quién ye?’ Y la otra le contestó: ‘Sí, ne, ye Inacín, el de Fini’. Pero como no acababa de centrarme del todo, siguió con la explicación: ‘El de Fini, la de Gelina’. La de Gelina, la de Manuela...  Y, sí: ese soy yo; Inacín, el de Fini, la de Gelina, la de Manuela... Esos somos todos. Todos venimos de ahí: de esta tierra y de esta gente. De esa memoria que nos viene de antiguo.

Mi abuelo dejó la vida y los pulmones en el Pozu Maria Luisa. Mi otro abuelo fue comerciante. Y, os lo aseguro, ésa es una combinación muy peligrosa: la fuerza del minero y la mentalidad del comerciante. Los dos, además, tenían una cosa muy clara: que sus hijos estudiaran. A lo mejor porque mi otra abuela –Julieta- era maestra y desde muy joven había trabajado fuera de casa. Y así, estudiando, fue como se conocieron mis padres. Y de ahí vengo yo. De ahí venimos todos.

Porque podemos venir de sitios, de trayectorias y de orígenes distintos. Pero todos buscamos una misma cosa: decencia. Limpieza: eso es lo que queremos. Limpieza y eficacia. No queremos un gobierno que nos solucione todos nuestros problemas particulares. Queremos un gobierno que juegue limpio, un gobierno que sea digno, que nos permita tener un futuro digno. Porque eso es lo que realmente nos indigna: la falta de dignidad.

Y no aceptamos el derrotismo de que esto no tiene solución. Somos nosotros los que vamos a solucionar esto. Hay una cosa de la que estoy muy seguro: esta tierra está llena de pequeños héroes; pequeños héroes que pelean cada día. Que se rebelan contra la incompetencia de una administración. Que cooperan y saber ser solidarios ahora que la ayuda pública se recorta de manera hipócrita. Que siguen adelante con sus pequeños negocios. Que trabajan duro y madrugan porque no saben ni quieren vivir del cuento; que quieren trabajar y no encuentran donde. Esos son los pequeños héroes que hacen grande esta tierra: toda esa gente que lo que único que quiere es una oportunidad para demostrar todo lo que puede hacer.

Y se puede hacer mucho. Es más duro que difícil. No hay fórmulas mágicas pero es cuestión de sentido común. Es cuestión de apoyar a los creadores de empleo y de riqueza. De apostar por la formación, de desterrar la corrupción, de aceptar las reglas de juego de la democracia, de elegir a los mejores y de trabajar en equipo… Nada que no podamos hacer. Lo único que necesitamos es perder el miedo; perder el miedo al derrotismo: perder el miedo al miedo mismo.

Lo decía al principio y lo repito ahora, al final: tenemos delante la oportunidad de mejorar las cosas. Tenemos delante la oportunidad de decir ‘ya valió’. Tenemos delante la oportunidad de seguir haciendo historia. Tenemos cien mil razones para hacerlo. Para seguir haciéndolo. Porque ya no podemos seguir esperando otra oportunidad. Porque la oportunidad que estábamos esperando somos nosotros. Somos nosotros la oportunidad que necesita nuestro pequeño país. Somos nosotros los que vamos a conseguir que Asturies no siga siendo una tierra olvidada y derrotada. Somos nosotros los que vamos a plantar con firmeza los dos pies en el suelo y a mantener la cabeza bien alta. Somos nosotros los que vamos a conseguir que esta tierra vuelva a salir a flote. Y somos nosotros los que –este año 2014- vamos a volver a hacer historia”.

 

Si quiere ver la intervención completa, pinche aquí

http://www.ustream.tv/recorded/42699673

 

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